POR QUE LA TEORIA ECONOMICA YA NO DEFIENDE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

Desde el siglo XIX la Teoría Económica había justificado la propiedad intelectual como una forma de asegurar incentivos a los creadores de obras artísticas e invenciones al tiempo que se mantenía, aunque reducida, la difusión de esas creaciones. Los economistas tenían claro que lo socialmente útil era la difusión de la innovación, no su creación, pero cambiar un poco de una por un poco de otra parecía globalmente beneficioso en un tiempo en el que la inversión en formación del autor o inventor y la necesaria por el editor o fabricante para reproducir esas creaciones, eran muy altas. Pensaban que si no se les otorgaba un monopolio, probablemente los inventores, los artistas y los autores no tendrían suficientes incentivos para dedicarse a innovar.

Sin embargo, los economistas siempre fueron conscientes de que era un equilibrio difícil: la propiedad intelectual es un monopolio artificial creado por el estado… y todos los monopolios son negativos, generan rentas a costa de los consumidores.

El cambio de siglo sin embargo, trajo algunos ejemplos de que esa idea bien podía ponerse en cuestión: el software libre y la «cultura libre» pero también los ejemplos de innovación sin patente en el sector farmaceútico, parecían mostrar que sin establecer el monopolio de la «propiedad intelectual» los incentivos eran más que suficientes para que se produjera innovación y creación intelectual y artística. Al mismo tiempo, experiencias como la del proyecto del genoma humano mostraban cómo el coste de las patentes para la innovación era probablemente mucho mayor del que se pensaba.

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En 2002 la «American Economic Review» publica un modelo teórico de Levine y Boldrin que muestra que bajo unas condiciones que aparecen de forma general en nuestra época, marcada por la reducción de escalas en la reproductibilidad de los bienes y la extensión de la formación de las personas, existen incentivos suficientes en el mercado como para que no sea ya necesaria la concesión de ese privilegio monopolista que llamamos «propiedad intelectual».

Así que para la Teoría Económica, hoy por hoy, los sueños no deberían tener dueño.

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